Cómo logré graduarme cuando no tenía ni para la cuota

Sí, ese de la foto soy yo… 18 años, flaco jalao, en pantuflas en mi graduación de 4to año. Lo que no saben es TODO lo que tuvo que pasar para yo poder estar ahí.
Ahora sí, vamos a lo serio 😐.

Comencemos con las pantuflas. Las llevé a mi graduación de 4to año, pues fue un reto con unos amigos a que hiciéramos algo que nadie pudiese olvidar de nuestra graduación, y decidimos 3 de nosotros ir en pantuflas. Fuimos la sensación de la graduación y, para colmo, yo tenía que hacer un monólogo en tarima que no era nada de comedia. Era un monólogo dedicado a la figura paterna en el núcleo familiar (en ese momento yo llevaba años sin ver a mi papá), y los maestros de la escuela lo llevaron de sorpresa al yo terminar mi monólogo honrando a los padres.

Fue un momento súper emotivo y más de la mitad de los asistentes estaban a moco tendío llorando con el monólogo que hizo el muchacho de las pantuflas de Winnie the Pooh.

Ahora, vamos más en serio con lo que ocurrió varios meses antes de la graduación.

No se suponía que yo fuera a esa graduación, ni al class night, ni al prom. Pues en esos tiempos mi mamá tenía un trabajo, pero no le alcanzaba para poder costear la cuota de mi graduación ni para conseguir la ropa y los demás gastos que esto implicaba.

Para mí era un evento súper especial, pero jamás me atrevería a reclamarle o forzar a que mami sacara el dinero de donde no podía, así que me resigné y puse todo en manos de Dios.

Recuerdo que en la clase senior yo era algo conocido por, disque, supuestamente ser el charlatán de la clase y por hacer varias obras de teatro para los estudiantes de la high, y me decían el actor de la escuela jeje.

Pues cuando me preguntaron por qué no había dado la cuota, tuve que respirar hondo y decir: “no quiero ir a la graduación”.

En aquel momento estaba evitando ser vulnerable, pues si decía la verdad entonces pudiera convertirme en el vacilón de la clase, ya que “Alex no tiene ni pa’ la cuota”. Es un pensamiento tonto, pero así pensaba a mis 17 años, y por eso dije que no quería asistir.

Entonces pasaron algunas semanas y me reunieron dos maestras preocupadas por mi decisión de no querer ir a la graduación. Eran dos maestras que yo respetaba muchísimo (y todavía las respeto). Me sentaron en una silla y, a puerta cerrada, me dijeron que fuera honesto.

Recuerdo que ambas, muy serias, me preguntaron una y otra vez qué era lo que estaba pasando. Para mí era un momento complicado, pues no quería exponer mi problema, así que buscaba evitar la conversación, pero ellas, muy sabias, no se rindieron y lograron que dijera la verdad.

Recuerdo que lo que me convenció a decirles la verdad fue que me dijeron algo así como: “Alex, eres un joven muy talentoso y muy querido por todos en tu clase. Además, se supone que no lo sepas, pero te quieren premiar por lo que has logrado y sería una pena que no vayas a recoger ese premio que te has ganado con tu trabajo y esfuerzo” (eso entre otras cosas más que no vienen al caso).

Entonces se me cayó la máscara y tuve que ser honesto. Les conté todo. En casa no había dinero y no quería ponerle presión a mami para algo que solo me beneficiaba a mí.

Les dije eso y otras cosas más que tampoco vienen al caso en esta historia.

Entonces esas dos mujeres maravillosas me dieron la súper noticia de que ellas ya se lo sospechaban y tenían un plan para que pudiera ir a mi graduación y disfrutar ese momento con mis amigos y compañeros de clase.

Ellas cubrieron todos los gastos de mi graduación: la cuota y hasta la ropa (excepto las pantuflas, pues eran de mi hermana).

Gracias a ellas pude asistir a mi graduación, al class night y hasta al prom. Ellas ni saben lo feliz que me hicieron sentir.

En aquel momento tan difícil para mí, sentí que si uno hace las cosas bien y te llegan dificultades, pero continúas haciéndolas bien y no buscando el lado fácil, siempre Dios va a premiarte y siempre habrá una salida al problema.

Hoy miro esta foto y me da mucha nostalgia pensar que si no llega a ser por ellas, hoy estuviera pensando: “¿cómo se sentiría ir a un prom?”. Sé que a estas alturas pudieran estar preguntándose: ¿quiénes son estos dos ángeles que me ayudaron? Sus nombres son Iris Collazo y Miriam Ortiz, que si en algún momento leen esto, sepan que estaré eternamente agradecido con ustedes por ese gesto tan hermoso que tuvieron conmigo.

Ahora bien, hago esta publicación por si logra leerlo un estudiante que esté pasando por esta misma situación, que sepa que no estás solo. Continúa obrando bien y verás que todo saldrá bien.

Puede que no sea igual que a mí, pero más adelante pudiera ser aún mejor que a mí.

Sé que es tentador descarrilarse, pero cuando llegan los problemas es cuando más ganas hay que meterle y no rendirse por nada del mundo.

Es en esos momentos difíciles cuando queremos quitarnos, buscar hasta lo incorrecto para salir del problema y hasta pensamos en cosas que jamás fuéramos capaces, con tal de resolver la situación que tenemos que debemos continuar haciendo el bien y no dejarnos llevar por la tentación del enemigo.

Pues les aseguro que si se mantienen firmes y continúan su caminar haciendo el bien y dejando todo en las manos de Dios, verán que su grandeza no son cuentos.

Lo digo por experiencia, y esta es solo una historia de las muchas que pudiera decir así mismo.

En fin, soy el muchacho charlatán que no pudo pagar su cuota de graduación, que no tenía ni para la ropa, y gracias a dos mujeres encantadoras logró dar un mensaje muy importante que puso a reflexionar a muchos y sacó más de una lágrima.

Y todo eso… con unas pantuflas de Winnie the Pooh.

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